Métrica vital🇦🇷

El semillero se despabila

al ritmo de los rayos del sol

que atisban a posarse

sobre la pródiga tierra que lo contiene,

aunque nadie acierte a darse cuenta.


Comienza a desperezarse

en la sombra húmeda y fría de aquella greda,

cuidadosamente aquietada

entre los pliegos seguros del útero arcilloso.


Almácigos en penumbras,

grises,

acallados,

jugando el juego de la vida insospechada.


Con cada día naciente,

el criadero se desvela,

despierta,

se vivifica

y crece.


A cada término de jornada,

descansa y duerme,

con la serenidad de la misión vegetal

debidamente perpetrada.


Habrá un momento

en que las semillas,

avejentadas y debiles

por la tarea de contener los despliegues,

se quebrarán para dar paso a los gérmenes

ansiosos de vivir y de seguir creciendo.


Quedarán sumidas en el fango,

trocarán en fuente y manantial de alimentos

para la solidaria raíz que los transporte hacia la luz.


El invernadero,

de repente,

mudará en tallos y hojas sedientas de calor y de energía.

¡Se habrá iniciado la fiesta verde con estridencia!

En el vivac de mi ultimo aliento

esa es mi visión.

La de un principio que se materializa en cultivo para dar a luz.

Que es y deja de ser al rítmico vaivén de luces y sombras,

de repetidos días y noches encadenados,

que valsean las cabriolas de la vida y de la muerte,

para volver a empezar el pasatiempo.


Es mi cáscara la que dejo.

Me entrego satisfecha.

Vuelvo a originar, una y otra vez…

Morir no es acabar.

No es completar.

No es agotar.

Es aprender a vivir…

y a trascender la vida.

Por: María Amelia Lamená, Mendoza, Argentina.